El gen del dictador



Un estudio revela que las personas más despóticas comparten un rasgo genético comùn

Los dictadores más infames y egoístas de la Historia de la humanidad es probable que, junto con su afán por acumular poder y riqueza, compartieran unas características concretas en un determinado gen.

Hitler, Mussolini, Mobutu, Pinochet o, más de actualidad, Robert Mugabe podrían tener su gen AVRP1 más corto que otros seres humanos, lo que afectó, y aún afecta en el último caso, a su capacidad de ser generosos con los demás.

En concreto, como ya se descubrió en 2005, el AVPR1 es el gen que posibilita que una hormona llamada vasopresina actúe sobre las células cerebrales. Esta hormona está asociada a la creación de vínculos sociales y afectivos, lo que supone una mayor tendencia al altruismo a medida que se tiene una mayor cantidad de vasopresina.

Los descubridores de la función de este gen en el comportamiento de los tiranos son investigadores de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que diseñaron un experimento económico al que bautizaron como El juego del dictador, para comprobar qué personalidades son más tendentes al egoísmo más extremo. Sus resultados los han publicado en la revista 'Genes, Brain and Behaviour'.

El ejercicio consistió en dar una cantidad de dinero a un grupo de sujetos y comprobar si se repetían unas particularidades genéticas en quienes estaban menos dispuestos a compartir. En concreto, se buscaron 203 estudiantes de ambos sexos que tenían (al igual que sus padres) genotipos del gen AVPR1 con diferentes versiones.

Distribución de riqueza

Se les dividió en dos grupos: dictadores y receptores. A los primeros se les facilitaron 50 shekels (unos 14 dólares) y se les indicó que, cada uno, podía quedarse ese dinero o distribuirlo con los jugadores receptores.

Por cada shekel que se quedaran, recibirían otro y por cada uno que dieran, el receptor también tendría otro más. En definitiva, un juego en el que el viejo refrán de "es mejor dar que recibir" perdía su sentido si se trataba de aumentar la riqueza, mientras que la fortuna del receptor dependía totalmente de lo que el dictador tenga a bien otorgarle.

Al final, cerca del 18% de los dictadores optó por quedarse con todo el capital, casi la mitad dieron más o menos el 50% y hubo un 6% que lo distribuyó todo. El sexo, en estas decisiones, no supuso un rasgo diferencial.

Richard Ebstein, que ha dirigido la investigación, pensó que el comportamiento de los más egoístas quizás tuviera que ver con que en los centros de recompensa de sus cerebros se genera poco placer ante las acciones altruistas, algo en lo que ya se sabía que la vasopresina tenía algo que decir.

Por ello, decidieron mirar qué pasaba con el gen AVPR1 en el grupo de los dictadores y observaron que había una correlación entre quienes tenían la longitud del gen en su versión más corta y quienes manifestaron un actitud más egoísta.

Ello no quiere decir, precisan los científicos, que la longitud esté directamente relacionada con la ambición y la avaricia, pero si sugieren que los cerebros con el gen corto pueden ayudar a distribuir la hormona vasopresina de tal forma que genera menos placer ante una buena acción, como es repartir la riqueza con quien no la tiene.

Y baste de ejemplo la fortuna que amasó Sadam Hussein con el petróleo, la que consiguió Mobutu Sese Seko en Zaire con los minerales o la que llena las arcas privadas del presidente guineano Teodoro Obiang, también gracias al oro negro y en lugares donde la población vive en la miseria.

El factor ambiental

Pero hay quien duda de los resultados de este experimento. El profesor Nicholas Bardsley, de la Universidad de Southampton (Reino Unido), señala en Nature News que los jugadores más altruistas, ese 6% que lo da todo en el Juego del dictador, quizá tuvieron más habilidad social para descubrir lo que se esperaba de ellos (ser generosos), habilidad de la que carecía el 18% que parece más despiadado.

También recuerda que hay dictadores que dan dinero alegremente a su entorno, mientras que, por otro lado, podrían estar robándolo a los jugadores de otro ejercicio en el que, en vez de distribuir, el objetivo fuera conseguir una fortuna.

Por parte, el psicólogo español Iñaqui Piñuel, autor de un libro sobre la perversión del poder ('Mi jefe es un psicópata', de Alienta Editorial), considera que no todo se debe reducir a los genes.

"Puede que en la personalidad de los dictadores haya una base genética, pero tiene que estar influida por las experiencias tempranas en la infancia para que tenga lugar esa transformación en un psicópata", señala a EL MUNDO. En su opinión, esa es la razón por la que personas que son normales, sufren un cambio radical cuando alcanzan el poder, hasta volverse locos en algunos casos.

Piñuel recuerda que no todos los líderes llegan a ser como Hitler. "La genética tiene su papel, pero también el entorno", argumenta.