La soldado Lynndie England justifica las torturas en Abu Ghraib

La soldado estadounidense Lynndie England.


"Mucha gente dice que si nos hubiéramos callado o los hubiéramos matado, no hubiera habido ningún problema", a segura. "No sé cómo describirlo. Eran los enemigos. No quiero decir que merecieran el trato que les dimos, pero....". England tiene hoy 26 años y vive en Fort Ashby (Virginia Occidental).

Lynndie England, la soldado estadounidense cuyas imágenes torturando a presos iraquíes en la cárcel de Abu Ghraib en 2004 dieron la vuelta al mundo, justifica lo ocurrido en una entrevista al diario británico The Guardian, en la que asegura que fue consecuencia de estar en medio de una guerra.

"En las guerras pasa lo que pasa. Lo que ocurrió fue que se fotografió y salió a la luz. Mucha gente dice que si nos hubiéramos callado o los hubiéramos matado, no hubiera habido ningún problema", dice la soldado, que cumplió la mitad de los tres años de cárcel a los que fue condenada por las torturas en Abu Ghraib.

England tiene hoy 26 años y vive en Fort Ashby (Virginia Occidental), la localidad en la que se crió y en la que reside en una caravana junto a sus padres y a su hijo de 4 años, fruto de su relación con el oficial Charles Garner, el único de los siete militares procesados por las torturas que sigue en la cárcel.

"Eran los enemigos"

Sin trabajo, mucho más gruesa que cuando estuvo en Irak y en tratamiento por depresión, relaciona las torturas con el ambiente general de la guerra: "no sé cómo describirlo. Eran los enemigos. No quiero decir que merecieran el trato que les dimos, pero....".

También se justifica a si misma, diciendo que entonces era "muy inocente y confiada" y se muestra muy orgullosa de no haber delatado a ningún compañero: "en la guerra, no te chivas de tus compañeros. Nos condenaron a 7, pero créame, hubo muchos más en las fotos".

England relata que al inicio de su misión en Irak, como miembro de la 372 compañía de la Policía Militar, se llevaba bien con los iraquíes: "nos relacionábamos con la gente del lugar, aprendíamos sus costumbres y ellos se interesaban en las nuestras".

Abu Ghraib

Pero todo cambió en el otoño de 2003, cuando su compañía fue asignada a Abu Ghraib, una cárcel con capacidad para 700 reclusos, pero que albergaba 7.000. Ella trabajaba en tareas administrativas, pero bajó a los calabozos por iniciativa de Graner y ambos se sorprendieron al ver que el abuso, supervisado por sargentos, era algo normal.

Asegura que Graner consideró inicialmente que "aquello estaba mal" y que se lo dijo al responsable de su batallón, cuya única respuesta fue "que no había nada malo en aquello". Sobre la fotografía de los hombres apilados desnudos como una pirámide, frente a los que aparecen unos sonrientes England y Graner con el pulgar de sus manos hacia arriba, recuerda que "estaban gritando, decían que nos odiaban, que nos iban a matar".

"Eran de los malos. Igual no formaban parte de la insurgencia, pero hicieron algunas cosas que no debían haber hecho", apostilla su abogado, que le acompaña en la entrevista y que dice que aquellos hombres "atacaron a un guardia de seguridad estadounidense".